Traducción de la industria alimentaria

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A día de hoy la huella de las traducciones son improntas semitransparentes a lo largo de toda nuestra vida. Es decir, prácticamente cualquier artículo que podamos comprar o tomar en la mano en una tienda, cualquier página web que visitemos, cualquier evento que hagamos en la vida diaria, prácticamente cualquiera, pasa por la mano de traductores en mayor o menor medida. En nuestro día a día estamos tan acostumbrados que este hecho pasa sutilmente desapercibido, pero no por ello no es de suma importancia.

Uno de los campos que más pasa desapercibido es la traducción de la industria alimentaria y la hostelería. Traducir el etiquetado de un producto alimenticio es una tarea ardua que tiene dos objetivos: informar al consumidor final sobre qué es lo que está comprando y conseguir que finalmente lo compre. En este punto hay que llegar a un compromiso entre la fiel descripción de los ingredientes y aditivos y las mejores terminologías de marketing para hacerlo atractivo.

¿En qué trabaja un traductor especializado en la industria alimentaria?

Los diferentes textos a los que ha de enfrentarse un traductor  cuando trabaja en la industria alimentaria son muy variados y requieren una enorme especialización y conocimiento no sólo del idioma, sino también de la cultura tanto del país de origen como el de destino de tales alimentos.

Algunos ejemplos son:

-Los textos que tienen relación con las patentes del empaquetado, con la maquinaria que lo procesa o los aspectos legales y de calidad, tanto alimentarios como de empaquetado, necesarios para su comercialización.

-Las etiquetas nutricionales, ya que todas han de estar traducidas al idioma del país al que se exporta, indicando ingredientes, aditivos, conservantes, edulcorantes, colorantes y otras informaciones obligatorias por Sanidad y en terminología estándar. En este punto es muy importante contemplar que ciertos productos pueden producir intolerancias o alergias, por contener trazas de ciertos alimentos, y esto debe contemplarse también a la hora de la traducción.

-Los textos de composición de alimentos con medidas, dosificaciones y equivalencias, que señalan la cantidad en masa o volumen de ciertos parámetros medibles.

-Los textos publicitarios propios del producto, que han de resultar sugerentes para el consumidor final y adaptados a su cultura.

-Los textos que informan sobre el procesamiento que sufren los alimentos durante todo el recorrido, desde sus materias primas hasta el producto final elaborado.

-Los textos sobre la forma de conservación del producto, sus condiciones de venta y su forma de preparación.

-Los textos culinarios relativos a publicaciones en revistas, catálogos, cartas, prensa, libros de cocina, recetarios, etc. que pueden ser objeto de una traducción.

-Las páginas web de todos los agentes que han intervenido en el ciclo de vida de ese producto, desde el sector agrario o cárnico hasta la procesadora, la empaquetadora, el supermercado o la industria química.

¿Cuáles son los problemas de traducción más habituales?

Uno de los primeros problemas que se presentan es muy evidente: los conceptos básicos culturales en el ámbito culinario no son los mismos aquí que en otro país. No hace falta decirle a un español lo que es un cocido, un puchero o una paella, pero a alguien que no lo sea, sí, y hay que describirlo lo más concretamente posible. De la misma manera, nosotros importamos alimentos comunes y entendibles para todos en sus países de origen que para nosotros son mezclas completamente nuevas. Todo esto es muy común en las traducciones que se realizan a nivel de productos individuales, como los que nos podemos encontrar en cualquier supermercado.  Imaginad lo que ha de suponer traducir una carta de un restaurante aquí o en cualquier otro área turística, donde los platos conllevan un conjunto de ingredientes exóticos para los visitantes, y ser lo suficientemente exactos a la vez que publicitarios.

Por otro lado,  hay platos que no tienen la misma connotación en diferentes culturas. Para un escocés, un porridge es el mejor desayuno para enfrentarse a una fría mañana de trabajo. Para un español, tal vez la mejor traducción del porridge fuera gachas de avena, pero aquí no se considera un desayuno habitual. Además, es importante atender a los posibles localismos. No es lo mismo un muffin americano (bollito dulce) que uno inglés (bollito de pan no dulce que se toma tostado). Por ello, el traductor debe ser consciente del origen del producto que se intenta comercializar y de su destino.

La preparación de los alimentos es otro campo muy sensible. Por ejemplo, a la hora de traducir alimentos cárnicos, hay que tener claro los cortes (de qué pieza del animal estamos hablando) y en qué mercado lo estás traduciendo. No son iguales los cortes de la carne en Argentina que en España o en Francia, ni entre estadounidenses y británicos. No es lo mismo en un mercado al por mayor, que en uno al por menor. En este caso es muy recomendable el completísimo Glosario Políglota de Términos Cárnicos (Barcenilla Cubillo, M., Federación Madrileña de las Industrias de Carnes, 1992).

En el caso del pescado, el traductor también se ha de someter a una serie de problemas similares. Todo pescado posee un nombre oficial que no siempre coincide con el nombre comercial ni local, y muchas veces ese nombre local se determina por el método de preparación. Por ejemplo, la anchoa y el boquerón es el mismo pescado (nombre oficial), pero adoptan diferentes denominaciones por su forma de preparación. Y eso mismo ocurre en muchos idiomas, imaginad la traducción de un localismo a otro.

En relación al vino y al queso, encontramos que no sólo el traductor ha de traducir el producto, sino también hacer una descripción de sus propiedades organolépticas, su origen y forma de elaboración, las sugerencias de maridaje, las denominaciones de origen, etc. Y todo esto de una manera exacta y seductora.

En resumen podríamos decir que el papel que desempeña el traductor dentro de la industria alimentaria y la restauración es un trabajo de gran detalle, puesto que ha de mimetizarse en el ambiente de origen y de destino de ese producto, conocer ambas culturas y adaptar el vocabulario de uno a otro, consiguiendo que la traducción final sea clara, adaptada al nicho cultural y atrayente al consumidor para que lo compre. Así que la próxima vez que vayamos al mercado y tengamos en la mano un producto de importación, seguro que nos fijaremos más en todas esas letras pequeñas y en sus idiomas.

Como en el caso de la industria alimentaria, para la traducción de las onomatopeyas, el traductor necesita conocer en detalle la cultura de origen y de destino. Sobre este tema hablamos en el siguiente post Las onomatopeyas en diferentes idiomas, otro complicado reto para el traductor.

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