La Piedra Rosetta, ¿la primera traducción?

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Repartidas por el mundo existen muchas evidencias sobre la importancia de las traducciones en la historia de la humanidad. Podemos afirmar que una de las primeras pruebas en este sentido es la piedra Rosetta.

¿Qué es la piedra Rosetta?

La piedra roseta es un fragmento de una gran estela egipcia, de basalto oscuro con una leve tonalidad rosácea, de 1’14 metros y 760 kilos de peso. En ella se publicaba en 196 a.C un decreto en nombre del faraón Ptolomeo V.
Lo interesante en este aspecto es que la piedra está dividida en tres franjas horizontales, y en cada franja está grabado el mismo texto pero en diferentes lenguas: escritura jeroglífica en la parte superior, egipcio demótico en la intermedia y griego antiguo en la inferior. La comparación de las tres escrituras significó el inicio del entendimiento moderno de los jeroglíficos.

¿Cuál es su historia?

La piedra Rosetta tuvo una vida ajetreada. Primero, la estela debió formar parte de uno de los muchos templos egipcios de la época. Durante la edad media fue trasladada de su ubicación original para aparecer formando parte de los materiales de construcción de una antigua fortaleza egipcia en la localidad de Rashid, en la costa norte de Egipto. Más adelante, dicha fortaleza se conocería como fuerte Fort Julien y sería ocupada por los franceses. Y allí estuvo la piedra hasta que la encontró y rescató un soldado francés en 1799.

Cuando las tropas británicas derrotaron a las francesas en la campaña de Egipto de las Guerras Napoleónicas (1801), la piedra pasó a manos inglesas y fue transportada al Museo Británico, donde aún hoy permanece.

¿Cómo se tradujo?

Una vez trasladada a Londres, se hicieron copias litográficas de la piedra que comenzaron a circular por las manos de varios eruditos europeos.

La traducción del griego antiguo fue relativamente sencilla y rápida, puesto que los estudiosos conocían muy bien la lengua gracias a los textos conservados de la época. Sin embargo tuvieron algunas dificultades con el contexto histórico y con la jerga administrativa y religiosa que presentaba la piedra. Aun así, en 1803, la franja griega era completamente entendible a efectos de la comunidad científica.

Por otra parte, el demótico era una escritura poco conocida y recientemente descubierta gracias a los hallazgos egipcios. Está ligeramente relacionada con el copto, y derivaba directamente de la lengua hablada en la última etapa del antiguo Egipto. Ya en Europa algunos estudiosos habían comenzado a investigarla, y es por ello que las primeras impresiones litográficas de la piedra Rosetta que circularon por el viejo continente permitieron identificar la escritura demótica en su franja central. Gracias a su comparación con la franja en griego antiguo pudieron identificarse nombres helenos tales como “Ptolemaios”. Este avance permitió publicar un alfabeto de 29 letras, pero no identificar todos los caracteres del texto. Es ahora cuando sabemos que el demótico contiene símbolos ideográficos y fonéticos.

Ahora sólo faltaba aplicar todas estas averiguaciones a la franja de texto jeroglífico. Se sugirió que los nombres propios podrían estar escritos de manera fonética. Así, contrastando los símbolos de los cartuchos con los nombres griegos y símbolos fonéticos demóticos se pudieron comenzar a identificar caracteres, localizando hasta 80 similitudes.

¿Quién se llevó el mérito?

A pesar de los múltiples estudiosos que participaron directa o indirectamente en la traducción de la piedra Rosetta, fue el francés Jean Francois Champollion el que consiguió descifrarla finalmente, gracias a la traducción del griego antiguo y a un mejor entendimiento de la escritura demótica. Como curiosidad, Champollion está sepultado en el cementerio parisino de Pere Lachase, y su lápida está decorada con un gran obelisco frontal en recuerdo a sus años dedicados al estudio de Egipto.

Aún existe controversia sobre cuál de los tres textos es el original y cuáles son las traducciones del primero. Además, las tres versiones no pueden ser comparadas palabra a palabra, lo que ha supuesto que su desciframiento haya resultado una labor dificultosa a lo largo de las décadas.

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